Aquellos ecos, aquellos indicios
Adriana Melchor Betancourt
Esta exposición comienza con varias conversaciones entre María García Ibáñez y Beatriz Ezban. La selección de obras es un intento por evocar esos encuentros y los varios fragmentos que articularon sus historias. En aquellas pláticas se tocaron temas sobre la educación artística en dos países y momentos distintos, los materiales, habitar en los estudios de artista; pero con mucho más énfasis, sobre la pintura y el dibujo, sus distintos lenguajes y los soportes que los contienen, transportan o amplifican. Por tanto, en las piezas que aquí se presentan, también existe un planteamiento sobre la importancia de los materiales en la investigación artística.
Los trabajos de Beatriz nos presentan una exploración de largo aliento sobre la pintura y las cualidades de lo pictórico para imaginar una obra inasible. Algunas de las soluciones encontradas a esta inquietud ha sido explorar las superficies o materiales reflejantes (como el polvo de aluminio), sus efectos sobre el lienzo y –de manera más reciente– de cómo se trastocan las imágenes reflejadas para generar otras visualidades. Lo pictórico en la obra de Ezbán también ha sido un campo para la producción del conocimiento del ser, línea de investigación que continúa desde la formación filosófica de la artista. Por su parte, María concibe el dibujo como una práctica fundamental en su quehacer, pues le permite realizar una observación meticulosa de su entorno y de las relaciones que establece con éste. Sus líneas recorren espacios, se expanden, amasan, ocultan y se funden en varios intereses; los cuales siempre permanecen abiertos o latentes.
En las obras de Ezban encontramos distintas densidades en la capa pictórica, ritmos en las pinceladas y en la composición de sus tonalidades, que dan cuenta de no sólo del aspecto visual de sus piezas, si no del carácter táctil y volumétrico. A partir de observar esta característica en el trabajo de Beatriz, María reacciona ante este efecto con una serie de piezas realizadas en cerámica, las cuales son una suerte de pinturas aradas en barro que potencian esta cualidad háptica.
La superficie cerámica que trabaja María es pensada como un lienzo, pero en uno consciente sobre los atributos del barro. En estas obras vemos arcillas de distintos tonos, las cuales conviven con los pigmentos que son arrojados para componer gestos y baños de color. El manejo de las texturas arenosas en contrapunto con los glaseados lechosos funcionan para destacar los juegos de luz y sombra sobre las piezas. En estas cerámicas hay una exploración sugerente sobre lo pictórico pero también sobre la acumulación de la línea, en donde el cuerpo y el fuego son quienes determinan el resultado de la pieza.
El hilo conductor de esta muestra son los ecos que cada una encontró en la obra de otra; aunque a veces son detalles, acentos o notas al pie del lienzo. De igual manera, las materialidades de estas piezas juegan un papel muy importante en esta conversación: por un lado es la densidad que producen y, por otro, es la refracción o la idea de la imagen refractada por la luz. Todas las obras aquí presentadas pertenecen a momentos personales y tiempos muy distintos, los cuales han conformado prácticas artísticas muy singulares.