ARADA
Gabriela León
María, en un meticuloso acto de geomancia y valiéndose de trazos, sombras y huellas, elaboróciertos objetos. Estos se revelan como los posibles rastros de un éxodo y también como el esbozo de una ruta.
Contener era, quizá, su función inicial, un zapato para una pisada, una barca y una suerte de mapas para emprender una odisea, un plato para compartir un alimento; porque podemos suponer que contengan, no la soledad del emigrante, sino la alegría de los vínculos que se tejen en el camino.
Así, un petate, la casa portátil de los que no poseen nada, casa ligera que se pliega en sí misma, se enrolla y se tiende donde se necesite, es una metáfora de nuestro paso por el mundo, el espacio vital donde se nace, se duerme, se sufre, se goza y se muere.
Estos vestigios-prototipos hablan de un cuerpo, de una casa y de un territorio.
Un cuerpo sensible enraizado en la tierra, una casa en constante movimiento y un territorio, no para poseerse, sino para experimentar el estar y cuestionar el pertenecer.
La tierra prometida de la que hablan los objetos de García-Ibáñez, está delimitada y en constante expansión por el trabajo: arar, tejer, buscar alimento y un lugar para guarecerse, dibujar como una manera propia de encontrar conocimiento; actividades abordadas con sensualidad y fundamentales para la existencia, la anunciada vuelta a lo ontológico.
Este territorio experiencial, al que se llega siguiendo las pistas sugeridas por la artista son, en su arqueología más íntima, un desalejar, según Heidegger, la tendencia esencial a la cercanía. Que no quiere decir el final del éxodo sino la razón de su constante devenir.
Para acompañar a María García-Ibáñez en su Arada, Gabriela León tejió estas palabras. 2015