En la madriguera (Kafka revisitado)

Juan Cárdenas

— Veo que por fin has conseguido bajar.

— No con la cautela apropiada, por lo visto.

— Sé que llevas acechando mi madriguera desde hace semanas. Era cuestión de tiempo.

— ¿Y por qué no huiste?

— ¿Te haces una idea de lo mucho que me ha costado construir todo esto? Las galerías, los túneles, las cavidades, las falsas entradas, las trampas… mi vida entera. La construcción, además, no cesa nunca, es una labor permanente.

— Tengo que reconocer que, mientras bajaba, pude admirar cierto ingenio en la hechura de este agujero, esos patrones de formas reiteradas que, además de soportar la estructura, ventilarla y quién sabe qué otras funciones, ofrecen a la vista un curioso espectáculo.

— ¿De veras? Nunca habría imaginado que aquello que llamas “formas” tuviera un aspecto digno ser admirado. Somos ciegos, ya lo sabes. Si producimos belleza esto ocurre de manera involuntaria.

— Lo sé. Tu mundo es el reino de las abstracciones. El mío, ahí afuera, es el mundo de la perspectiva, el mundo de los paisajes. Tu mundo es pobre. El mío es infinito.

— Te equivocas. A pesar de nuestra ceguera, podemos producir imágenes mentales que tú jamás podrías percibir, condicionado como estás por las cosas que ves ahí afuera.

— Es posible que tengas razón. Pero en el reparto que nos ha tocado en suerte a ti se te asignó ser la presa y a mí el depredador. Eso quiere decir que mis percepciones son superiores a las tuyas. Estás hecho para que yo te coma. Dicho de otro modo, tus sentidos han de poseer un margen de error bastante amplio para que yo pueda alimentarme de ti.

— Aquí abajo estamos casi en igualdad de condiciones. ¿O es que puedes verme con claridad? ¿Acaso esos olores que crees provenientes de una sección de esta galería no podrían ser una ilusión? ¿Y mi voz? ¿Sabes realmente dónde estoy? No, no lo sabes.

— Concedo. No tengo una idea precisa de dónde te encuentras, veo algunas sombras… Sé que estamos en el mismo ámbito pero la verdad es que todo es muy oscuro aquí abajo.

— Por supuesto, podrías lanzar tu ataque en cualquier momento y atraparme. O correr el riesgo de que yo escape por uno de los cientos de agujeros que he cavado para tal fin.

— Lo sé. Estoy esperando el momento oportuno.

— Esta galería es mi último recurso. Aquí se juega todo. Por eso te estaba esperando en este preciso lugar.

— Eres más astuto de lo que pensaba. Admito que te he menospreciado.

— No cometas ese error. Dedica unos instantes a pensar en esto, ahora que estás rodeado de tinieblas: ¿qué pasaría si ese mundo de ahí afuera, con sus paisajes interminables y sus horizontes, fuera una mera derivación lógica de mi reducido mundo de estructuras?

— ¿Quieres decir que mi mundo es un espejismo de los sentidos? No conseguirás hacerme entrar en ese juego, por mucha oscuridad que haya aquí abajo.

— No, no digo que sea un espejismo. Digo que tu mundo visible, si pudieras mirarlo muy de cerca, a través de algún aparato, estaría hecho con las “formas” de mi mundo invisible. Digo que mis imágenes mentales son los fundamentos de tus visiones. Digo que mi tacto es anterior a tu vista.

— Creo sencillamente que vivimos en mundos paralelos. Lo único que une esos dos mundos es un vínculo alimenticio. Tú mueres y yo vivo.

— Es una manera cínica de ver las cosas.

— Es la manera real. Así es la vida.  

— Creo que tienes miedo de considerar la idea que te he planteado.

— Aquí el único que tiene miedo eres tú.

— Yo tengo miedo de morir, pero no temo considerar ninguna idea que puedas plantearme. Prueba y verás.

— Considera esto: tu mundo está condenado. Yo soy solo una avanzadilla, un humilde pionero de algo mucho más destructivo que mi apetito. Detrás de mí viene una jauría y detrás de esa jauría viene otra y otra, animales cada vez más grandes, con peores intenciones. Pronto no quedará nada de tus dichosas estructuras, que serán arrasadas como consecuencia del avance inexorable de las huestes.

— Confieso que no había pensado en eso. ¿Hay depredadores peores que tú?

— ¡Ja! Por supuesto. De hecho, yo soy solo una pequeña presa para muchos de ellos. A ti ni siquiera te determinarían. Eres demasiado insignificante. Yo al menos tengo una importancia relativa ahí afuera.

— Pero, como tú dices, ¿no sería posible sobrevivir por el mero hecho de que me ignoraran? Esas huestes terribles de las que hablas podrían pasar por encima de mi madriguera, sin percatarse de mi existencia.

— La política de estos tiempos demanda que se arrase con todo. No ha de quedar nada.

— Bien, hemos explorado a fondo la idea que planteaste y en ningún momento tuve miedo de extraer las consecuencias más desfavorables para mí.  

— También debo concederte eso.

— Es tu turno.

— ¿De qué?

— No te hagas el tonto. Es tu turno de considerar mi idea. Y es que en el principio estaba mi tacto, mis imágenes mentales…

— Ah, esa tontería.

— Tienes miedo.

— De ningún modo. Exploremos la idea. ¿Y qué hay con eso? ¿Acaso no sabes que existe algo que se llama progreso? Unas especies son superiores a otras. Eso quiere decir que mi desarrollo sensorial incluye tus toscas habilidades.

— Pero antes has admitido que no puedes producir imágenes mentales como las que yo me hago aquí en la oscuridad.

— …cierto.

— Y también has admitido tus limitaciones aquí abajo y, por si fuera poco, has admirado mis “formas”, en las que has reconocido incluso algo de belleza.

— De acuerdo, pero ve al grano.

— Bien, ahora considera esto: dentro de tu cuerpo, si mirases por debajo de tu piel, descendiendo una capa y luego otra capa y otra, ¿qué encontrarías?

— Mis entrañas, mis huesos…

— Pues yo sostengo que los principios que rigen la conformación de tus huesos y tus entrañas son los mismos que rigen en la conformación de mis huesos y de mis entrañas. Las estructuras básicas son las mismas. Y si pudieras mirar a través de un aparato especial hasta llegar adonde ni siquiera tu poderosa vista alcanza, ¿qué verías?

— No lo sé. No puedo ni imaginarlo.

— Yo te lo diré. Verías ahí un mundo microscópico hecho con arreglo a mis formas, a mis imágenes mentales.

— Es posible…

— Y también es posible que esos temibles depredadores que vendrán después de ti, debajo de sus pellejos, debajo de su aspecto exterior, en lo profundo de sus cuerpos, sus tendones, venas, nervios, cerebros, fluidos vitales…

— Es posible, no digo que no. ¿Y qué hay con eso?

— Que primero estaban las formas elementales en las que yo me muevo sin necesidad de mirar. Solo con mi tacto y mi olfato. ¿Te has puesto a pensar qué será del mundo cuando las huestes hayan arrasado con todo? ¿Quién prevalecerá? ¿De qué van a vivir? ¿Alimentándose unos de otros hasta que, incluso la especie más fuerte, se extinga?

— Es una idea desoladora, sin duda. Que no quede nada…

— También cabe la posibilidad de que la cadena sea infinita. Que siempre surja una especie más fuerte que la anterior…

— Bien, basta de cháchara. ¡A lo que vinimos!

— (Se escucha un ruido estremecedor, el sonido y la furia de la lucha y la agonía.)

— Este pobre diablo pensaba que podría distraerme todo el día con su filosofía subterránea. Creo que los hechos se imponen una vez más a cualquier tesis, la práctica a la teoría, lo real a lo imaginario.

— (Durante unos minutos solo se escuchan las masticaciones, los babeos, el crac-crac del cuerpo descoyuntado de la presa.)

— He comido demasiado. Si no estuviera tan oscuro quizás me echaría a dormir un rato. Tampoco es seguro permanecer mucho tiempo en este sitio. Mi tarea consiste en dejar deshabitadas la mayor cantidad de madrigueras posible. Será mejor no pensar demasiado y salir otra vez ahí afuera. Quizás, con algo de suerte, mi especie prospere utilizando estas galerías como refugio temporal. Entrando y saliendo. Habrá que probar. Eso exigirá sacrificios, cambios drásticos. Pero los demás vienen pisándome los talones. En pocos días llegarán aquí y entonces habrá que estar preparados. Tal vez debería permanecer unas horas aquí abajo, a ver si es posible acostumbrarse. Tal vez debería observar el modo en que este pobre diablo construía sus túneles. Cuando no quede ninguno, su ciencia habrá desaparecido con ellos.